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domingo, 21 de octubre de 2012

RECINTOS TEATRALES (I)


 PLANTA DE UN TEATRO GRIEGO


File:Ancient greek theater greek.svg
http://commons.wikimedia.org/w/index.php?title=File:Ancient_greek_theater_greek.svg&page=1

Partes principales:

Διαζώματα: pasillos semicirculares para facilitar la movilidad entre las gradas.
Κοίλον: graderío (cavea).
Εδώλια: gradas, asientos.
Κερκίδες: sectores.
Σκάλες: escaleras.
Προεδρία: asiento reservado al sacerdote de Dionisos. En la primera fila.
Ορχήστρα: orquestra, lugar donde actuaba el coro y los primeros actores.
Προσκήνιο: proscenio, parte delantera de la escena.
Σκηνή: escena, escenario.
Πάροδος: pasillos para el acceso del público. Por ellos salían a escena los actores y el coro: el de la parte occidental figuraba que conducía a las afueras de la ciudad (el mar, el campo), mientras el más oriental figuraba que llevaba a la ciudad.



domingo, 30 de septiembre de 2012

Para seguir la huella del 'Panchatantra' en la literatura española

TEXTO 1
 Calila e Dimna (siglo XIII)

 El religioso que vertió la miel y manteca sobre su cabeza

Dijo la muger: «Dicen que un religioso había cada día limosna de casa de un mercador rico, pan e miel e manteca e otras cosas de comer. Et comía el pan e los otros comeres, e guardaba la miel e la manteca en una jarra, e colgola a la cabecera de su cama, fasta que se finchó la jarra. Et acaesció que encaresció la miel e la manteca, et estando una vegada asentado en su cama, comenzó a fablar entre sí et dijo así: “Venderé lo que está en esta jarra por tantos maravedís, e compraré por ellos diez cabras, e empreñar se han, e parirán a cabo de cinco meses”. Et fizo cuenta desta guisa, e falló que fasta cinco años montaban bien cuatrocientas cabras. Desí dijo: “Vender las he e compraré por lo que valieren cient vacas, por cada cuatro cabras una vaca, et habré simiente, e sembraré con los bueyes, et aprovechar me he de los becerros e de las fembras e de la leche, et antes de los cinco años pasados habré dellas e de la leche e de las mieses algo grande, et labraré muy nobles casas, e compraré esclavos e esclavas; et esto fecho, casarme he con una muger muy fermosa e de grant linaje e noble, e empreñar se ha de un fijo varón complido de sus miembros, e poner lo he muy buen nombre, e enseñar le he buenas costumbres, e castigar lo he de los castigos de los reyes e de los sabios, et si el castigo e el enseñamiento non rescibiere, ferir lo he con esta vara que tengo en la mano muy mal”. Et alzó la mano e la vara, en diciendo esto, e dio con ella en la jarra que tenía a la cabecera de la cama, e quebrose, e derramose, la miel e la manteca sobre su cabeza.

http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/otras/calila/calila07.htm

TEXTO 2


Don Juan Manuel (1282-1348), El conde Lucanor
Cuento VII. De lo que aconteció a una mujer que le decían doña Truhana

            Otra vez hablaba el conde Lucanor con Patronio en esta guisa:
            -Patronio, un hombre me dijo una razón y mostrome la manera cómo podía ser. Y bien os digo que tantas maneras de aprovechamiento hay en ella que, si Dios quiere que se haga así como él me dijo, que sería mucho de pro pues tantas cosas son que nacen las unas de las otras que al cabo es muy gran hecho además.
            Y contó a Patronio la manera cómo podría ser. Desde que Patronio entendió aquellas razones, respondió al conde en esta manera:
            -Señor conde Lucanor, siempre oí decir que era buen seso atenerse el hombre a las cosas ciertas y no a las vanas esperanzas pues muchas veces a los que se atienen a las esperanzas, les acontece lo que le pasó a doña Truhana.
            Y el conde le preguntó como fuera aquello.
            -Señor conde -dijo Patronio-, hubo una mujer que tenía nombre doña Truhana y era bastante más pobre que rica; y un día iba al mercado y llevaba una olla de miel en la cabeza. Y yendo por el camino, comenzó a pensar que vendería aquella olla de miel y que compraría una partida de huevos y de aquellos huevos nacerían gallinas y después, de aquellos dineros que valdrían, compraría ovejas, y así fue comprando de las ganancias que haría, que hallose por más rica que ninguna de sus vecinas.
            Y con aquella riqueza que ella pensaba que tenía, estimó cómo casaría sus hijos y sus hijas, y cómo iría acompañada por la calle con yernos y nueras y cómo decían por ella cómo fuera de buena ventura en llegar a tan gran riqueza siendo tan pobre como solía ser.
            Y pensando esto comenzó a reír con gran placer que tenía de su buena fortuna, y riendo dio con la mano en su frente, y entonces cayole la olla de miel en tierra y quebrose. Cuando vio la olla quebrada, comenzó a hacer muy gran duelo, temiendo que había perdido todo lo que cuidaba que tendría si la olla no se le quebrara.
            Y porque puso todo su pensamiento por vana esperanza, no se le hizo al cabo nada de lo que ella esperaba.
            Y vos, señor conde, si queréis que lo que os dijeren y lo que vos pensareis sea todo cosa cierta, creed y procurad siempre todas cosas tales que sean convenientes y no esperanzas vanas. Y si las quisiereis probar, guardaos que no aventuréis ni pongáis de los vuestro, cosa de que os sintáis por esperanza de la pro de lo que no sois cierto.
            Al conde le agradó lo que Patronio le dijo e hízolo así y hallose bien por ello.
            Y porque a don Juan contentó este ejemplo, hízolo poner en este libro e hizo estos versos:
A las cosas ciertas encomendaos
y las vanas esperanzas, dejad de lado.

http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/juanma/vii.htm


TEXTO 3
Félix María de Samaniego (1745-1801)

 
Llevaba en la cabeza
una Lechera el cántaro al mercado
con aquella presteza,
aquel aire sencillo, aquel agrado,
que va diciendo a todo el que lo advierte:
¡Yo sí que estoy contenta con mi suerte!
Porque no apetecía
más compañía que su pensamiento,
que alegre la ofrecía
inocentes ideas de contento,
marchaba sola la feliz Lechera,
y decía entre sí de esta manera:
«Esta leche vendida,
en limpio me dará tanto dinero,
y con esta partida
un canasto de huevos comprar quiero,
para sacar cien pollos, que al estío
me rodeen cantando el pío, pío.
Del importe logrado
de tanto pollo mercaré un cochino;
con bellota, salvado,
berza, castaña engordará sin tino;
tanto, que puede ser que yo consiga
ver cómo se le arrastra la barriga.
Llevarelo al mercado,
sacaré de él, sin duda, buen dinero:
Compraré de contado
una robusta vaca y un ternero,
que salte y corra toda la campaña,
hasta el monte cercano a la cabaña».
Con este pensamiento
enajenada, brinca de manera
que a su salto violento
el cántaro cayó. ¡Pobre Lechera!
¡Qué compasión! Adiós leche, dinero,
huevos, pollos, lechón, vaca y ternero.
¡Oh loca fantasía,
qué palacios fabricas en el viento!
Modera tu alegría;
no sea que, saltando de contento
al contemplar dichosa tu mudanza,
quiebre su cantarillo la esperanza.
No seas ambiciosa
de mejor o más próspera fortuna,
que vivirás ansiosa
sin que pueda saciarte cosa alguna.
No anheles impaciente el bien futuro;
mira que ni el presente está seguro.
                     (www.cervantesvirtual.com)

miércoles, 19 de septiembre de 2012

LITERATURAS ORIENTALES ANTIGUAS I

 Imágenes

1. El Código de Hammurabi (literatura mesopotámica)
Es el más antiguo compendio de leyes conservado. Se basa en la aplicación de la ley del Talión, que propone penas equiparables al delito cometido. Como ejemplo, una de sus leyes establecía que, si una casa diseñada por un arquitecto se derrumbaba y mataba al hijo del propietario, era preciso matar, como castigo, al hijo del arquitecto.
Código de Hammurabi (Museo del Louvre, París)
 2. Gilgamesh (literatura mesopotámica)

El héroe de la Epopeya de Gilgamesh, poema épico que se centra en la figura del rey de Uruk y en su búsqueda de la gloria y de la inmortalidad. La versión más completa del poema se fecha en torno al año 1000 a.C.La figura que se muestra podría representar a Gilgamesh amaestrando a un león. Procede del palacio de Sargón II y data de los años 713-706 a.C.
Figura de un héroe amaestrando a un león
 (Museo del Louvre, París)

  3. El Libro de los muertos (literatura egipcia)
Las pirámides no solo son los grandes enterramientos de los nobles del antiguo Egipto, sino unos monumentos de primer orden en lo que respecta a la arquitectura funeraria de la Antigüedad. Su majestuosidad encierra también algunos de los más fascinantes secretos. En la imagen se puede ver la pirámide de Micerinos, en Gizeh, junto a otras de menor tamaño.
La pirámide de Micerinos, en Gizeh (Egipto)
  El Libro de los muertos recoge un conjunto de himnos, oraciones, conjuros, etc., que deben servir como guía a los muertos para su viaje por el inframundo y para superar el juicio de Osiris, que les permitirá alcanzar el paraíso. La imagen representa el citado juicio y muestra el momento en que el dios Anubis pone el corazón del difunto en una balanza, para hacer contrapeso con una pluma, que representa la verdad y la justicia universales.
El juicio de Osiris, capítulo 125 del Libro de los muertos
4. Sakuntala (literatura india)
Kalidasa escribió hacia el siglo V d.C. esta obra de teatro que narra los amores de la protagonista con el rey Dusyanta. La pérdida de un anillo por parte de Sakuntala provocará que el rey olvide que la ha conocido, y solo tras la recuperación de la joya será posible que se reanuden los amores de la pareja. La imagen recoge la obra de Raja Ravi Varma (1848-1906), Sakuntala escribe una carta al rey Dusyanta.

martes, 28 de febrero de 2012

“Colgados del ordenador”, de Màrius Carol

            Internet forma parte del mundo, pero no es exactamente el mundo. Como si emularan a Alicia ante el espejo, diariamente los jóvenes se sumergen en la pantalla del ordenador y navegan por su propio país de las maravillas. Igual que le sucede a la protagonista del cuento de Lewis Carroll, a veces la realidad y la virtualidad se confunden y eso puede acabar como en el diálogo entre la oruga y Alicia, cuando el gusano le pregunta quién es y la muchacha responde que ya no lo sabe. Eso parece deducirse del estudio Outlook Teens 2010, donde se advierte que los jóvenes pasan la mayor parte del tiempo ante una pantalla y apenas dedican el 10% de su jornada a relacionarse con sus familiares adultos, cuando en la década de los ochenta este porcentaje era tres veces superior. El mismo informe adelanta que en los próximos años los adolescentes sólo compartirán el 5% de su tiempo con sus familiares, aunque pasarán más rato en el hogar, porque no necesitarán salir para relacionarse ni para trabajar, gracias a la tecnología. El estudio señala que el 68% de los chicos y chicas entre 12 y 19 años se comunica por correo electrónico y frecuenta redes sociales, y que el 38% ve la televisión por Internet, y concluye que el ocio de esta generación es básicamente tecnológico. El 92% dispone también de un teléfono móvil.
            Este trabajo se ha conocido poco después de que otra investigación alertara de que el joven norteamericano pasa una media diaria de siete horas y 38 minutos conectado al ordenador, manejando videojuegos o viendo la televisión. La investigación es concluyente cuando denuncia que esta gran cantidad de horas que pasan los adolescentes ante las pantallas son el resultado de la falta de control que sobre ellos ejercen los padres, pues sólo tres de cada diez de los jóvenes encuestados reconoció que sus padres les marcaban unas normas sobre su uso.
            La tecnología puede ser una aliada o una enemiga para cualquier sociedad. En Estados Unidos, la hacen responsable incluso de la obesidad en los adolescentes, porque los vuelve sedentarios. Pero lo grave es que su uso sin control deteriora las relaciones familiares, restringe el trato interpersonal directo y arrincona la lectura de libros en unos años básicos para la formación de valores. Para los jóvenes, estar colgados de la pantalla resulta un mal negocio, y no es recomendable que nuestros hijos acaben un día diciendo como Alicia a la oruga: “No puede explicar con más claridad quién soy, porque tampoco lo entiendo yo”. 
(Màrius Carol, La Vanguardia, 7 de abril de 2010)

lunes, 6 de febrero de 2012

"Aborto y fariseísmo", de Juan Manuel de Prada


            Según un estudio pergeñado por una asocia­ción de abortorios, de las 36.718 mujeres que acudieron en solicitud de sus servicios des­de julio de 2010 a octubre de 2011, solo 151 eran menores de edad que lo hacían sin conocimien­to paterno. Puesto que tal asociación de abortorios emplea estos datos para denunciar que «ese colecti­vo muy pequeño» (¡tan pequeño que solo alcanza el 0,41%!) se hallará «indefenso» tras una hipotética re­forma de la ley que obligue a las menores que deseen abortar a hacerlo con el consentimiento de sus pa­dres, hemos de concluir que los datos no están falsea­dos; o siquiera que no han sido rebajados. La reali­dad es que el número de menores que abortan sin el consentimiento de sus padres es diminuto, compara­do con las cifras apabullantes de abortos registradas en los últimos años. Y presentar una reforma de la ac­tual legislación en la que se exija a las menores el con­sentimiento paterno como un «refuerzo de la protec­ción del derecho a la vida» se nos antoja, en el mejor de los casos, una hipérbole; aunque más exacto sería calificarla de chiste cínico.
            Se trataría de una reforma que afectaría al 0,41% de las mujeres que abortan; y que ni siquiera asegura­ría que ese porcentaje ínfimo renunciase a abortar: algunas de esas menores se resignarían a contárselo a sus padres (y no es inverosímil que, para su sorpresa, les otorgasen el beneplácito); otras abortarían clandestinamente, o en el extranjero. Una reforma de estas características, en fin, no serviría para nada, salvo para tranquilizar las conciencias farisaicas. En cambio, contribuirá paradójicamente a reforzar la consideración del aborto como un acto de mera dis­posición de la voluntad. Pues, ¿cuál es el mensaje que se desliza a la sociedad cuando se exige que una mujer menor de edad, para abortar, deba contar con el consentimiento paterno? Tan solo que, para abor­tar, es preciso tener capacidad legal, lo mismo que para contraer obligaciones o ejercitar ciertos dere­chos civiles; y que, cumplido el requisito de la edad (o subsanado por el consentimiento paterno), abortar es un puro acto de la voluntad, fruto de la autonomía personal, como casarse o comprar un piso. Es decir, que la madre tiene un derecho de disposición absolu­ta —«derecho a decidir»— sobre la vida que se gesta en su vientre, de la que se erige en propietaria.
            Siempre nos pareció que la introducción en la vi­gente ley de aquella chocante especificación que per­mitía abortar a las menores sin consentimiento pa­terno era una trampa que solo beneficiaba a los fari­seos que se niegan a enjuiciar objetivamente la naturaleza del aborto. Que una menor de edad pueda o no abortar sin el consentimiento de sus padres es un he­cho irrelevante ante lo que en realidad se sustancia cada vez que se perpetra un aborto, que no es sino la eliminación de una vida gestante: y el estatuto de esa vida gestante es el mismo, con independencia de la edad de su madre, y desde luego del consentimiento de sus abuelos. A la postre, se demuestra que quie­nes introdujeron aquella chocante especificación —lo mismo que quienes ahora pretenden expulsar­la— lo hicieron sabiendo que de este modo contri­buían a eclipsar nuestro juicio ético, que renuncia a enjuiciar la naturaleza del acto en sí a cambio de esta­blecer requisitos de capacidad legal en la mujer que lo perpetra. En el fondo, esta solución farisaica es la consecuencia inevitable del error primordial (en el cual ha incurrido, incluso, cierta retórica antia­bortista) de considerar el aborto una «tragedia para la mujer que aborta», en lugar de presentarlo, sin ade­rezos sentimentaloides, como lo que sustantivamen­te es: un crimen contra la vida más inerme.

(Juan Manuel de Prada, ABC, 28 de enero de 2012)

domingo, 22 de enero de 2012

"La espalda y los libros", de Ángeles Caso

             Me dedico estos días a una tarea agotadora: ayudar a mi madre en lamudanza que se ha visto obligada a realizar por ra­zones que no vienen al caso. Hacer la mudanza de una persona mayor que lleva decenas de años vivien­do en la misma casa es una labor de titanes. De pronto, todo se lle­na de cajas que rebosan de objetos en su mayor parte inútiles, pero ca­da uno de los cuales supone un re­cuerdo importante de la vida de su propietario. Es como si se pudiera reconstruir la existencia de un ser humano a través de álbumes de fo­tos, bolsos pasados de moda, objetos traídos de viajes que fueron extraordinarios. Miles de momentos de fulgor y nostalgia.
            Hacer además la mudanza de una casa donde vivió un catedráti­co de Literatura -mi padre-, es ta­rea propia de Hércules. Me deba­to entre miles y miles de libros que pesan como rocas. En homenaje al amor de mi padre por ellos, y al mío propio, los trato con el mismo cuidado que si fueran delicadas piezas de porcelana. Voy sacándo­los uno por uno, limpiándolos con un cepillo y colocándolos en el si­tio que debe ser, ese y ningún otro, según el orden personalísimo que tienen todas las bibliotecas.
            Y entonces envidio la suerte de las generaciones futuras, que en cuatro o cinco artefactos del tama­ño de una cuartilla podrán trasla­dar toda esa sabiduría y esa belle­za sin deslomarse. Siempre he si­do partidaria del lector electróni­co. Ahora, con este dolor lumbar que padezco y los estornudos que me provoca el polvo, me he con­vertido en adoradora del cacharrito. Por Dios, que metan pronto to­dos los libros del mundo ahí den­tro, por el bien de las espaldas de los lectores apasionados.
(Ángeles Caso, Público, 14 de abril de 2011)

martes, 17 de enero de 2012

COMENTARIO DE TEXTO RESUELTO


UN CERO

            La boina ha vuelto. Madrid y Barcelona se la han encasquetado desde hace semanas y, mientras no cambie el tiempo, no habrá manera de que el tejido se haga más liviano. De la contaminación suelen acordarse los Gobiernos cuando la boina ennegrece sobre nuestras cabezas; cuando un regla­mento exterior llama al orden o cuando es imposible ocultar que han aumentado los ingresos hospitalarios. Sin dejar de restarle valor a la responsabilidad de las autorida­des en algo que afecta de manera tan seve­ra a la salud pública hay algo que siempre me deja perpleja en el comportamiento de los españoles: el hecho de que el poder lo ostenten otros parece que nos exime de cualquier responsabilidad para remediar un problema que, en este caso, afecta, sobre todo, a los más débiles. El Ayuntamiento de Madrid pide a los ciudadanos que procuren dejar el coche en casa por unos días. El resultado ha sido notable: un 0% de descen­so. Los mismos cacharros a las mismas ho­ras. Los datos han aparecido en los periódi­cos y la respuesta de la ciudadanía ciberné­tica, siempre dispuesta a la indignación, no se ha hecho esperar: “Mientras ellos mini­micen el problema por qué voy a sufrir yo las consecuencias”; “no pienso dejar el co­che en mi casa, eso es un parche”; “¡ja!, por una parte, se lavan las manos, por la otra, nos piden que lo arreglemos nosotros”.
            ¡Un 0%! ¿Cómo es posible que no nos sonrojemos (un poco)? Alguna vez le he leído al politólogo Fernando Vallespín que una de las condiciones para que la democra­cia funcione es que tenga ciudadanos a la altura de un sistema que nos plantea debe­res que habrían de cumplirse voluntaria­mente.
            La manera de demostrarle a las autori­dades que la contaminación es un asunto que preocupa es, precisamente, siendo acti­vo en rebajarla. Y cuando se marche esa boina, no olvidarse del asunto. Dar la matra­ca. Otro deber.

(Elvira Lindo, El País, 9 de febrero de 2011)
 
Resumen:

            Ante la contaminación de las grandes ciudades, los gobiernos no se preocupan ni toman medidas, salvo si se las imponen los organismos internacionales o si se producen situaciones graves para la salud de los ciudadanos. Sin embargo, la culpa del problema no es solo de los gobiernos, sino también de los ciudadanos españoles, que no asumen como suyas las responsabilidades y creen que los gobernantes deben ser quienes actúen. Por eso, la iniciativa del ayuntamiento de Madrid de reducir el tráfico de coches ha obtenido una respuesta del cero por ciento. En los foros de Internet, los usuarios se muestran reacios a ser ellos quienes resuelvan el problema. Para la autora es vergonzoso que esto ocurra y cree que no es necesario que nadie nos recuerde determinadas obligaciones cívicas. Según ella, la contaminación debe atacarse entre todos y en todo tiempo.

Tema:

            Los gobiernos se ocupan poco de resolver el problema de la contaminación, pero los ciudadanos españoles no son capaces de asumir su parte de responsabilidad. La autora cree necesaria la implicación de los ciudadanos voluntariamente.

Recursos lingüísticos con los que se logra la cohesión, coherencia y adecuación:

            Desde el punto de vista de la adecuación, el texto nos ofrece algunos aspectos interesantes, como puede ser la intención comunicativa de la autora, que se manifiesta en el uso de la función representativa, meramente informativa, sobre todo en el primer párrafo del texto, donde, a veces, aflora también la función expresiva, como en “hay algo que siempre me deja perpleja en el comportamiento de los españoles”, donde la información es sustituida por la opinión personal. En los dos últimos párrafos se hace presente la función conativa, que pretende modificar la actitud del receptor, sobre todo en la interrogación retórica “¿Cómo es posible que no nos sonrojemos (un poco)?”. Precisamente este último paréntesis al final de la interrogación muestra el tono irónico de la autora, al sugerir que deberíamos sonrojarnos “un poco”, porque, desde su punto de vista, ni siquiera se da este mínimo de vergüenza entre la ciudadanía española.
            La situación comunicativa nos instala en nuestro mundo actual, en el que la contaminación es un problema acuciante que, sobre todo en las grandes ciudades, es preciso atajar, pero también nos coloca, como receptores, en una situación comprometida, a partir del conocimiento y la experiencia de la autora acerca de la forma de pensar y actuar de sus compatriotas. A ellos se dirige, adecuadamente, pues es demostrable que, en general, el comportamiento de los españoles en este tipo de situaciones, es muy cercano al que Elvira Lindo plantea aquí. Es una forma de mover las conciencias de los lectores.
            La autora emplea un registro formal, aunque, a veces, incluye expresiones y palabras de uso coloquial, como “cacharros” o “dar la matraca”, o exclamaciones e interrogaciones con las que muestra una expresividad que transciende ese registro formal.
            En lo tocante a la coherencia, nos encontramos con un texto de tipo expositivo y argumentativo (esto, sobre todo, al final), en el que se nos informa sobre el problema de la contaminación en las grandes ciudades y se hace un llamamiento a las conciencias. El texto se estructura en dos partes: la primera abarca el primer párrafo y nos habla de cómo la contaminación domina los cielos de Madrid y Barcelona y de cómo las autoridades se preocupan poco del problema y los ciudadanos rechazan su responsabilidad; la segunda parte la conforman los dos párrafos finales, en los que Elvira Lindo expresa su sorpresa y perplejidad ante el fracaso de la iniciativa del ayuntamiento de Madrid y plantea que nada se solucionará si los ciudadanos no toman conciencia de este problema.
            El texto está dotado de una unidad temática que contribuye a su coherencia, a través de la progresión de la información: Madrid y Barcelona están contaminadas; las autoridades se despreocupan, pero el ayuntamiento de Madrid hace una propuesta; los ciudadanos responden negativamente a esta propuesta; la autora se siente avergonzada y pide la colaboración de todos para resolver el problema. No hay ninguna digresión, pues incluso la cita del politólogo Fernando Vallespín redunda en la dejación de obligaciones por parte de los ciudadanos.
            La cohesión se logra en el texto por medio de los elementos de referencia que están presentes en él, entre los cuales podemos citar la anáfora, que se muestra en las palabras del comienzo: “La boina ha vuelto. Madrid y Barcelona se la han encasquetado desde hace semanas”, donde el pronombre la alude a “la boina”, situada en posición anafórica al principio del texto. El recurso opuesto, la catáfora, lo tenemos en la frase “hay algo que siempre me deja perpleja en el comportamiento de los españoles: el hecho de que el poder lo ostenten otros parece que nos exime...”. Como vemos, el pronombre indefinido “algo” anticipa la presencia catafórica de todo lo que va tras los dos puntos (“el hecho de que el poder...”). Un ejemplo de deixis se da en la referencia a la situación comunicativa, con las palabras “en este caso” (“remediar un problema que, en este caso, afecta, sobre todo, a los más débiles”), que nos remite a la contaminación y a sus repercusiones en la vida y la salud de todos. La exlamación con la que comienza el segundo párrafo se basa en la elipsis, ya que la autora se limita a decir “¡Un 0%!”, sin especificar de qué, gracias a que en el párrafo anterior sí ha indicado a qué hace alusión ese dato estadístico: el descenso del número de coches en las calles de Madrid. También es importante el recurso al uso de sinónimos (“coches”-“cacharros”), la repetición tautológica de una misma idea (“no olvidarse del asunto”- “dar la matra­ca”), la metáfora (“boina” por nube de contaminación sobre los edificios), las estructuras paralelas (“los mismos cacharros a las mismas ho­ras”), la figura retórica de la anáfora (aquí con la reiteración de “cuando” al principio de frases seguidas) o la interrogación retórica (“¿Cómo es posible que no nos sonrojemos (un poco)?”).
            Para lograr la cohesión Elvira Lindo emplea igualmente una serie de conectores que confieren una mayor unidad al texto, como “sin dejar de”, que parece introducirnos una nueva perspectiva o punto de vista, o, ya al final “y cuando”, donde, además de sugerir la conclusión de la exposición, se plantea una situación temporal futura que abre nuevas posibilidades.

Comentario crítico

            Elvira Lindo se centra en el problema de la contaminación de las grandes ciudades para censurar el comportamiento apático de los españoles, a quienes considera incapaces de afrontar los problemas comunes como algo que afecta, también, a cada individuo. Según ella, independientemente de la actitud indolente de las autoridades (que solo reaccionan ante este asunto cuando se ven en una situación extrema), los ciudadanos no adoptan una actitud firme cuando creen que los problemas deben resolverlos los que gobiernan, y descargan todas las culpas sobre estos, lavándose las manos y manteniéndose al margen del conflicto, en una actitud muy típicamente española, que consiste en considerar que son otros los responsables y que para eso están donde están. Por otro lado, los ciudadanos, que hacen oídos sordos a las recomendaciones del ayuntamiento de Madrid (en este caso concreto), sí se consideran capacitados para protestar y quejarse cuando se les pide que colaboren en la resolución del problema dejando el coche en casa. Una vez más nos encontramos con la idea de que nuestros derechos están por encima de nuestros deberes, y, por lo tanto, nadie puede impedirnos que, en uso de nuestra libertad, nos movamos por las calles de la ciudad con nuestros coches, argumentando, como excusa, que ese sacrificio no servirá de nada mientras las autoridades no tomen partido activamente.
            La actitud crítica de la autora le lleva a emplear la ironía y a anticiparse a la respuesta de la “ciudadanía cibernética”, en cuyos foros se trata el tema con la misma desconsideración con la que se tratan casi todos los conflictos: mientras a mí no me afecte directamente, no voy a dejar de actuar como me venga en gana. Por eso, Elvira Lindo echa mano de las palabras del politólogo Vallespín y de la idea de que la democracia no funcionará mientras no seamos capaces de asumir ciertas responsabilidades como algo normal en la convivencia humana, sin esperar a que se nos prohíba algo a que se nos diga cómo tenemos que comportarnos en un determinado momento. Luchar contra la contaminación no es un capricho de los gobernantes, sino un deber de todos, ya que todos estamos implicados en los efectos nocivos de este problema moderno. Sin embargo, los españoles vivimos acostumbrados a quitarnos de encima las responsabilidades y a considerar la importancia de nuestros derechos, siempre por encima de nuestros deberes, como hemos señalado antes. Así, mi derecho a desplazarme con el coche solapa mi deber de no contaminar; mi derecho a fumar cuando me apetezca se superpone al derecho de quienes no fuman; mi derecho a escuchar la música a todo volumen es más importante que mi deber de respetar el descanso de los demás o mi derecho a beber cuando me apetezca está por encima de las leyes que prohíben hacerlo en la calle. Siempre lo mismo: yo por delante de todo lo demás.
            En este sentido, cobra importancia el título del artículo que comentamos, donde ese cero no es solo el porcentaje de automovilistas que dejaron el coche aparcado, sino también la calificación que nos merecemos todos por no ser conscientes de nuestras obligaciones, como los malos estudiantes. Un cero es nuestra nota como ciudadanos si no somos capaces de darnos cuenta de que ser eso, un ciudadano, significa pensar en los demás, ser solidario con los otros, contribuir a hacer más habitable el planeta y propiciar un futuro agradable para quienes vengan después de nosotros. Un cero es nuestra nota si nos empecinamos en ser egoístas y en pensar solo en nosotros mismos, sin considerar que vivimos en sociedad. Un cero es, también, nuestra nota, si pensamos que solo los políticos tienen la responsabilidad de arreglar todo lo que está desarreglado.
            El final del artículo de Elvira Lindo debería ser un aldabonazo a nuestras conciencias, ya que supone un llamamiento a la acción, a no mantenernos pasivos, dominados por nuestro ego: no solo hemos de actuar contra esa contaminación que se adueña de las ciudades, sino que, también, hemos de mantener despiertos a los gobernantes: seguir sus propuestas (como la de no utilizar el coche en determinadas ocasiones), pero también demostrarles que estamos alerta, que no vamos a parar de llamarles la atención para que se mantengan despiertos y sean conscientes de que nos implicamos en la resolución de los problemas. Dicho con pocas palabras, y tomándolas prestadas de la autora, “dar la matraca”, que, además, para lo que aquí nos interesa, es, por supuesto, otro deber más, como todos los que pasamos por alto cada día.